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La caccia all'uomo del weastern di Shatzy 

Con le illustrazioni di Teresa Martinez

01

18.

El cadáver de Pitt Clarck fue hallado tras cuatro días de búsqueda, enterrado bajo treinta centímetros de tierra, cerca del río. El doctor lo examinó y luego dijo que Pitt había muerto asfixiado, que probablemente lo habían enterrado vivo. Presentaba equimosis en los brazos, el cuello y la espalda. Antes de ser enterrado, había sido violado. Pitt tenía once años.

Ahora escucha qué historia más extraña, decía Shatzy.

El mismo día en que encontraron a Pitt, desapareció del rancho de los Clark un indio al que todos llamaban Bear, oso. Alguien lo vio salir de la ciudad a caballo, en dirección a las montañas. Bear era amigo de Pitt. Pitt siempre excuchaba lo que él decía. Iban a menudo a bañarse juntos, al río. Y cazaban serpientes. Durante un tiempo las mantenían vivas, alimentándolas con ratones. Después las mataban. Bear debía de tener unos veinte años. Lo llamaban así porque era raro. Era raro con la gente. Bajo su camastro encontraron una caja de hojalata, y dentro de la caja una pulsera que Pitt siempre llevaba en la muñeca derecha. Estaba hecha con piel de serpiente.

Decía Shatzy que mucha gente se ofreció para perseguir al indio. Era algo que los embriagaba por dentro: la caza del hombre. Pero el sheriff dijo: Voy yo. Yo solo. Se llamaba Wister, era un buen hombre. No la gustaban los linchamientos y creía en los tribunales. Conocía a Pitt, de vez en cuando lo llevaba de pesca, y le había prometido que, cuando tuviera catorce años, le enseñaria a disparar, y a darle a una botella, a diez pasos, con los ojos cerrados. Dijo: Bear es asunto mío.

Salió por la mañana, mientras el viento levantaba remolinos de polvo bajo un achicharrante y enrarecido sol.

La música la ponía Shatzy, con la boca cerrada, algo del tipo gran orquesta, con violines y trompetas, una cosa bien hecha. Luego te preguntaba: ¿Está claro?

Más o menos.

Ya verás, no es difícil.

De acuerdo.

¿Nos vamos?

Nos vamos.

El sheriff Wister parte en dirección de las montañas. Sigue el camino hacia Pinter Pass. Sube por el medio del bosque, busca la sombra y piensa que Bear debe de llevarle medio día de ventaja. Cuando los árboles empiezan a esparcirse se detiene para dejar que descanse su caballo. Luego vuelve a ponerse en marcha. Asciende por la cresta de la montaña, al paso, y analiza las huellas del camino. Tarda un poco, pero al final aprende a distinguir las del caballo de Bear. Piensa que el indio, si quisiera, podría hacerlas desaparecer. El muchacho debe de estar muy seguro de sí mismo, y tranquilo. Tal vez piensa que no lo persiguen. Espolea al caballo y sube hacia Pinter Pass. Llega al anochecer. Mira hacia abajo, al estrecho valle que desciende hacia el desierto. A lo lejos, le parece ver una pequeña estela de polvo que se levanta en la mitad de la nada. Baja unos cientos de metros, encuentra una cueva, detiene el caballo. Está cansado. Se queda allí para pasar la noche....

02

El segundo día, el sheriff Wister se despierta al alba. Coge los prismáticos y mira abajo, hacia el fondo del valle. Ve una pequeña mancha oscura en el camino. Bear. Monta a caballo, desciende con prudencia los últimos contrafuertes de la montaña. Cuando llega al final del valle, pone su caballo al galope. Cabalga durante una hora, sin descanso. Luego se detiene. Puede ver a Bear a simple vista, unos kilómetros por delante. Parece estar parado. Wister baja del caballo. Se refugia bajo un gran árbol y descansa. Cuando vuelve a partir, el sol está en su cenit. Pone el caballo a un paso tranquilo, y no deja de mirar ni un instante la silueta de Bear, pequeña y oscura delante de él. Sigue pareciendo que está parado. ¿Por qué no huye?. piensa el sheriff Wister. Cabalga otra media hora, luego se detiene. Bear está a no más de quinientos metros de él. Permanece quieto, sobre un caballo rodado. Parece una estatua. El sheriff Wister carga su rifle y comprueba las pistolas. Mira el sol. Está empezando a pasarle por encima de sus hombros. Ya te tengo, muchacho. Parte al galope. Cien metros, luego otros cien, cabalga sin detenerse, ve cómo Bear se mueve, finalmente, se sale del camino y se desvía hacia la derecha. ¿Adónde vas, muchacho?, por allí está el desierto, espolea al caballo, sale del camino y lo persigue. Bear sigue a quinientos metros, al cabo de n rato se detiene. Wister lo ve y vuelve a poner su caballo al galope, Bear parte de nuevo, gira otra vez hacia el este, los colores se difuminan, la luz decae de repente. Wister se detiene. Okay, muchacho. No tengo prisa. Desmonta, prepara un campamento, enciende un fuego. En la noche, antes de dormirse, ve la luz del fuego de Bear, quinientos metros delante de él. Buenas noches, muchacho.

El tercer día, el sheriff Wister se despierta cuando todavía está oscuro. Reanima el fuego, se prepara un café. No ve ninguna luz en la oscuridad. Espera el alba. Con la primera claridad, ve a Bear a lo lejos, de pie, quieto, junto a su bayo rodado. Coge los prismáticos. El muchacho no lleva rifle. Quizás una pistola. El sheriff Wister se sienta en el suelo. Te toca el primer movimiento, muchacho. Permanecen quitos así, durante horas. A si alrededor, el sol va abrasando la nada. El sheriff Wister bebe un trago de agua y otro de whisky cada media hora. La luz es cegadora. Al rato ve otra vez a Pitt riendo y corriendo. Luego lo ve gritar, gritar, gritar. Se mira las manos y ve que tiemblan. Muérete, hijo de puta, piensa, muérete, indio bastardo. Se levanta. Siente que la cabeza le da vueltas. Coge las riendas y empieza a caminar, tirando del caballo. Camina lentamente, pero se da cuenta de que Bear está cada vez mas cerca. El muchacho está a quieto. No monta a caballo, no huye. Trescientos metros. Doscientos. El sheriff Wister se detiene. Grita: Ya basta, Bear. Dice en voz baja: Sé buen chico, deja que te maten. Y de nuevo gritando: Bear, no hagas tonterías. El muchacho permanece quieto. Wister comprueba el rifle y las pistolas. Luego monta a caballo. Parte al galope. Ve a Bear montar en el suyo y partir. Cabalgan así durante media hora. Los separan no más de doscientos metros. En el horizonte surge un pueblo, olvidado de la nada. Bear enfila hacia él, Wister lo sigue. Unos diez minutos después, Bear entra en el pueblo y desaparece. El sheriff Wister aminora el paso y antes de entrar en él se baja del caballo. Saca la pistola y alcanza las primeras casas. No hay ni un alma. Camina lentamente cerca de las paredes, prestando atención al más mínimo ruido...

03

Escruta todas las ventanas, lee todas las sombras. Siente el corazón latiendo en sus oídos. Calma, piensa. Probablemente ni siquiera va armado. Sólo tienes que encontrarlo y joderlo. Es un crío. Ve a una vieja de pie, en el umbral de una posada. Se acerca. Le pregunta en español si ha visto a un indio, con un caballo rodado. Ella asiente con la cabeza, y señala hacia el final del poblado, donde el camino continúa en la nada. Wister le apunta con la pistola a la cabeza. No mientas, le dice en español. Ella se persigna y señala de nuevo hacia el final del poblado. ¿Tienes algo para beber? La mujer entra en la posada, luego sale con aguardiente. El sheriff Wister bebe. ¿El indio se ha llevado agua? La mujer asiente con un gesto. ¿Sabes quién es? Entonces la vieja dice: Sí. Es un chico que va detrás de un asesino. El sheriff Wister sigue mirándola fijamente. ¿Eso te ha dicho? Sí. El sheriff Wister bebe otro trago de aguardiente. Estás muerto, muchacho, piensa. Monta a caballo, lanza una moneda a la vieja, mete el aguardiente en la alforja, y prosigue, al paso, hacia el final del poblado. Cuando sobrepasa la última casa, mira delante de él. Nada. Se vuelve a la derecha. Ve a Bear quito, en su montura, a no más de doscientos metros. Es un chico que va detrás de un asesino. El sherif Wister saca rápidamente el rifle de la montura, apunta y dispara. Dos veces. Bear no se mueve. El eco de los disparos se pierde, lentamente, en el aire. El sheriff Wister hace saltar el casquillo. Calma, piensa. ¿No ves que está demasiado lejos? Calma. Sigue mirando fijamente a Bear. Quiere gritarle algo, pero no se le ocurre nada. Gira el caballo, vuelve hacia la primera casa, y desmonta. Pasa allí la noche. Pero no consigue dormir. Una pistola, siempre, en la mano.
En cuarto día, el cheriff Wister sale del pueblo y ve a Bear a lo lejos, en el camino que lleva al desierto. Monta a caballo y al paso, lo sigue. Se deja llevar por el animal. De vez en cuando, el calor el cansancio lo adormecen. Tres horas después se detiene junto a un pozo. Piensa que el indio podría haberlo envenenado. Llena las cantimploras y parte de nuevo. No debo dejar que llegue al desierto, piensa. Allí moriríamos los dos. Tengo que detenerlo antes, piensa. Bebe un trago de aguardiente. Espera a que el sol descienda un poco más en el horizonte. Luego parte al galope. Bear parece no haberse dado cuenta. Sigue al paso, sin volverse. Quizás está durmiendo. Ya es mío, piensa el sheriff Wister. Trescientos metros. Doscientos metros. Cien metros. El sheriff Wister saca la pistola. Cincuenta metros. Bear se vuelve, lleva en la mano una pistola de cañón largo, apunta y dispara. Un tiro. El caballo de Wister hace un quiebro hacia la derecha, y luego se desploma sobre las patas delanteras. El animal termina echado sobre un costado. Levanta la cabeza, intenta levantarse. Wister logra salir de debajo. Siente un dolor abrasador en el hombro. Después oye un segundo disparo que penetra en la carne del animal. Levanta la cabeza, se apoya en el cuerpo del caballo y dispara tres tiros con su pistola, uno tras otro. El caballo de Bear se encabrita sobre las patas traseras y hace un giro sobre sí mismo, dando coces al aire. El sheriff Wister saca el rifle de la montadura. Bear retoma el control de su caballo y parte al galope, intentando escapar. Wister apunta y dispara dos tiros. Le parece ver a Bear recostarse sobre el cuello del animal. Luego ve al caballo quebrar el paso, dando tumbos, caminar todavía unos veinte metros y derrumbarse en el suelo. Ve el cuerpo de Bear echado en el polvo. Adiós, muchacho, piensa...

04

Carga el rifle, apunta de nuevo. Bear está intentando levantarse. Wister dispara. Ve un impacto en el polvo, unos veinte metros delante del cuerpo de Bear. Mierda, dice. Dispara de nuevo. El proyectil va a parar cerca del otro. Bear se ha levantado. Recupera su pistola. Con la otra mano desengancha las alforjas de la silla. Permanece de pie, con la mirada sobre Wister. Unos ochenta metros entre ellos. Un tiro de rifle. Poco más. El sheriff Wister mira el sol. Piensa que todavía le quedan un par de horas, antes de la oscuridad. El hombro le duele, no consigue mover el brazo sin sentir una punzada atroz. Muy bien, muchacho. Desengancha las alforjas de la silla y se las cuelga en la bandolera del hombro sano. Carga el rifle. Y se echa a andar. Bear lo ve, se da la vuelta, y se aleja, caminando él también, lentamente. El sheriff Wister piensa que correr sería ridículo. Se imagina esa escena, vista desde arriba, dos hombres corriendo en la nada, y piensa: somos dos condenados. Después ve un instante a Pitt, corriendo, corriendo, intentando escapar, junto al río, corre y se escapa. Maldito, piensa. Voy a matarte, muchacho. Llega a la altura del caballo de Bear. Respira todavía. Wister descarga la pistola en su cabeza. Voy a matarte, muchacho. Luego vuelve a caminar. Cuando cae la noche, ve desaparecer a Bear en la oscuridad. Se detiene. El hombro le está volviendo loco. Se echa al suelo. Empuña la pistola. Intenta no dormirse. Hace dos días que no duermo, piensa.

El quinto día el sheriff Wister siente que la fiebre le nubla la vista y que se le aceleran los latidos del corazón. Pero ¿es que ese bastardo no duerme nunca? Lo ve delante de él, le parece que está a la misma distancia del día anterior, pero los ojos le arden, y no hay sombras en la luz de la mañana. Se pone en marcha. Intenta recordar adónde lleva ese camino, y cuántos kilómetros pueden haber recorrido desde el pueblo hasta allí. Bear, por delante, camina sin detenerse. De vez en cuando, se da la vuelta. Luego prosigue. Es el camino de Salina. No puede dejar que llegue hasta allí. No debe de entrar en Salina. Se para. Se agacha. Recoge un grumo de polvo. Sangre y polvo. Levanta la mirada hacia Bear. Vaya, vaya, conque te di, ¿eh?, muchacho. ¿No querías decírmelo? Se levanta. Da algunos pasos. Otra mancha de sangre. Muy bien, bastardo. Ya no nota la fiebre. Reemprende la marcha. Tres horas después, Bear se detiene, se vuelve. Wister deja caer las alforjas al suelo. Luego tira su rifle. Abre los brazos de par en par. Bear permanece quieto. Wister camina hacia él, lentamente. Bear no se mueve. Wister sigue caminando, baja los brazos y aproxima las manos a las culatas de las pistolas. Llega a unos cincuenta metros del indio. Se para. Ya basta, muchacho, grita. Bear no se mueve. Por ahí sólo hay desierto, ¿quieres morir como un idiota?, grita. Bear da unos pasos hacia él. Luego se detiene. Permanecen así, uno frente a otro, dos manchas negras en la nada...

05

El sol cae verticalmente. Es un mundo sin sombras. Hay un silencio tan horrible que el sheriff Wister oye a Pitt gritando en su interior. Intenta recordar la cada del chico, pero no lo logra, sólo oye ese grito, fortísimo. Intenta concentrarse en Bear. Pero sigue ese grito que no lo deja en paz. Sólo tienes que hacer tu trabajo, se dice. Olvidate de lo demás. Haz tu trabajo. Se da cuenta de que ha bajado la vista al suelo. Levanta de un golpe la cabeza. Mira fijamente a Bear. Ve dos ojos ausentes. Invencibles, piensa. Entonces, de repente, como un calambre, siente el miedo cayéndole encima, y doblarle las piernas. Lo ha mantenido alejado durante días. Ahora se le echa encima, como una explosión silenciosa. Cae de rodillas. Se inclina hacia delante, se apoya en el suelo con las manos. Las ve temblar. No consigue respirar, la sangre le golpea en las sienes. Con un enorme cansancio levanta la mirada hacia Bear. Sigue ahí, quieto, de pie. Bastardo. Bastardo. Bastardo. No hay pájaros en el cielo, ni serpientes en el polvo, ni viento que haga volar arbustos, ni horizonte, ni nada. Es un mundo desaparecido. El sheriff Wister murmura lentamente: Vete al infierno, muchacho. Se levanta, echa una última mirada a Bear, luego se da la vuelta - se da la vuelta - y caminando con dificultad va hasta el rifle. Lo coge. Da unos pasos más. Levanta las alforjas y se las cuelga en la bandolera del hombro sano. Sin darse la vuelta camina mirando sus pasos. No se detiene hasta qu eha oscurecido. Se deja caer al suelo. Se duerme. En mitad de la noche se despierta. Empieza a caminar nuevamente, siguiendo el débil trazado del camino. Vuelve a caer al suelo. Cierra los ojos. Sueña.

...

06

El sexto día, el sheriff Wister se despierta al alba. Se levanta. Ve en el horizonte, minúsculas, las casas blancas del pueblo. Se da la vuelta. Bear está a unos cien metros de él. De pie. Quieto. Wister recoge las alforjas y el rifle. Se pone en marcha nuevamente. Camina durante horas. De vez en cuando cae al suelo, se cala el sombrero hasta los ojos, y espera. Cuando nota que ha recuperado las fuerzas, se levanta y parte. No se vuelve nunca. Consigue llegar al pueblo antes del ocaso. Le dan de beber y de comer. Dice: soy el sheriff Wister. Le proporcionan una cama para dormir. Le dicen en español que hay un chico a las afueras del pueblo. Ha acampado a unos cientos de metros de las casas. Le preguntan si es amigo suyo. No, dice el sheriff Wister. El hombro le está volviendo loco. Duerme con una pistola cargada al alcance de la mano.

El séptimo día, el sheriff Wister consigue un caballo, y parte hacia las montañas. Reencuentra el viento, y nubes de polvo que borran el camino. Se detiene una sola vez, para que el caballo repose. Luego parte nuevamente. Llega a las montañas. Sube hasta Pinter Pass, desciende la colina sin volverse. Antes de alcanzar la llanura, se desvía hacia una mina abandonada. Desmonta, enciende un fuego. Pasa allí la noche, sin dormir. Piensa.

El octavo día, el sheriff Wister deja que el sol llegue a lo alto en el cielo. Luego monta a caballo. Coge unas pocas cosas de las alforjas y las engancha a la silla. Abandona el rifle apoyado en una de las paredes de la mina. Desciende lentamente hasta el valle. A lo lejos, vislumbra las casas de Closingtown, y los árboles doblados por el viento. Avanza al paso, sin prisas. Habla en voz alta. Siempre la misma frase. Cuando llega al río, detiene el caballo. Lo hace girar sobre sí mismo. Entre cierra los ojos y mira. Bear está a unos cientos de metros de distancia. Va montado a caballo. Avanza lentamente, al paso. Muchacho, dice Wister. Muchacho. Luego gira el caballo y, ya sin darse la vuelta, alcanza Closingtown.

07

Cuando llega a las primeras casas, alguien empieza a gritar que ha vuelto el sheriff. La gente sale a la calle. Él sigue al paso, sin mirar a nadie. Con una mano sobre las riendas, con la otra empuña una pistola. La gente no se atreve a acercarse, parece un muerto a caballo, o un loco. El sheriff Wister cruza la ciudad, y coge la senda hacia el rancho de los Clark. La gente va tras él, a pie. Casi no se atreven ni a hablar. Wister llega al rancho. Baja del caballo. Ata las riendas a la empalizada. Va hacia la casa, caminando como un borracho. Alguien se acerca para ayudarlo. Él le apunta con la pistola. No dice nada, sigue caminando y llega a la casa. Delante de la casa está el padre de Pitt. Eugene Clark. Rostro envejecido por el viento, pelo gris. El sheriff Wister se detiene a tres pasos. Continúa empuñando una pistola en la mano derecha. Levanta la mirada hacia Eugene Clark. Luego dice: Lo siento, no dejaba de gritar, no quería parar. Siempre se había portado bien conmigo. Nunca había hecho eso. Era un buen chico. Eugene Clarck da un paso hacia él. Wister le apunta con la pistola. Eugene Clark se detiene. El sheriff Wister levanta el cañón de su Colt 45. Dice: No le enterré vivo, se lo juro. Ya no respiraba, tenía los ojos en blanco, y ya no respiraba. Luego apoya la pistola bajo la barbilla y dispara. Manchas de sangre en la cara y en el traje de Eugene Clark. La gente acude, todos gritan, los niños quieren mirar, los viejos sacuden la cabeza, el viento no cesa de levantar polvo alrededor. Todos tardan un poco en darse cuenta de la presencia de Bear. Va a caballo, está quieto junto a la empalizada del rancho. Ya no tiene ojos, han desaparecido entre sus pómulos de indio. Respira con la boca abierta, entre los labios secos por el polvo y la tierra. La gente enmudece. Taconea ligeramente los ijares del caballo. Tira de las riendas hacia la izquierda y se marcha. Hay un niño que va tras él. Bear, le grita, Bear. El sheriff se ha pegado un tiro, Bear. No se vuelve, sigue al paso, en dirección al río. Bear, eh, Bear, ¿adónde vas?

Bear no se vuelve.

A dormir, dice en voz baja.

Música.